Cada mañana Antonia realizaba las mismas tareas en la habitación de Fernando. Alisaba la cama que luego rociaba con agua de colonia. Con la misma colonia le peinaba. Ajustarle la mascarilla de oxígeno era ya una rutina. Finalmente le ponía un espejito ante su cara azulada por falta de oxígeno. En él Fernando dibujaba algo parecido a una sonrisa.
Pero aquella mañana Fernando no se vio.








